
AMOR DE MAMÁ
Mamá dice que tengo que hacerlo por el bien de las dos, que ya estoy grandecita. Dice que ahora soy yo la que tengo que trabajar para no morirnos de hambre, porque, desde que papá nos abandonó y ella está en silla de ruedas, no hay otra opción. “Si pudiera lo haría yo, hija, pero mírame cómo estoy”, me dice. Yo la entiendo. Sé que no la recibirían en ningún lado. Por eso hago esto. Y aunque el cuerpo me duela y tenga que usar esta ropa estrecha, sé que esto es por ella. No es tan fácil como mamá decía. Uno no se acostumbra tan rápido ni tampoco disfruta. No me gusta hacerlo, pero al ver a mamá sentada en esa silla, sin poder hacer nada y suplicándome que no la deje sola, se me rompe el corazón y entiendo que no puedo dejar de hacerlo, porque no hay otra opción, porque estamos solas y tengo que cuidar de ella.
Hoy serán dos. Mamá me lo dijo en la mañana: “Tranquila, hija, son muy buenos mozos y será rápido”. Le he dicho que no me gustan los viejos. Son sucios. Me cogen del cabello y me pegan como a una mula. Pero ella dice que son los que mejor pagan y los que más llegan. Le mostré lo que me hizo uno la última vez y dijo que iba a hablar con ellos para que tuvieran más cuidado y que iba a cobrar de más si se ponían de groseros. Me alivia saber que mamá esté pendiente de mí a toda hora. Cuando siento miedo al entrar a ese cuarto, siempre es ella la que me da fuerzas. “No será por mucho tiempo hija, déjate llevar y ya. Mamá te estará esperando aquí afuera”. Entonces me ajusta la falda, me retoca el cabello y me da un beso en la frente. Si no fuera por ella, esto sería más difícil.
Es una mujer fuerte. Desde que papá nos abandonó, cuando yo tenía cinco años, siempre trabajó duro para sacarme adelante, se mataba en esos bares del centro hasta la madrugada para traer la comida a la casa, mientras yo me quedaba esperándola donde una vecina. Llegaba muy cansada. Me decía que le tocaba moverse mucho y que por eso le dolían tantos los pies. Pero ya no quiero que te vuelvas a ir como te fuiste esa noche cuando tenía once años y la vecina me dijo que estabas en el hospital porque un tipo borracho te había maltratado hasta dejarte inconsciente, hasta dejarte en silla de ruedas. Desde entonces comprendí que ahora era yo la que tenía que cuidarte, asumir la responsabilidad. Por eso cuando las cosas se pusieron feas con el alquiler de la casa y la comida y me dijiste que ganaríamos mucho dinero si lo hacía, entendí que ésta era la mejor forma de agradecerte y de conseguir dinero para la casa. Sé que no hay más opciones. Que tengo que trabajar para sacarte adelante y comprarme mis cosas. Ahora estamos solas, y tú eres la única persona que me queda en este mundo. Sé que me amas, de eso estoy segura. Me dices que no será por mucho tiempo, que es mientras ahorramos para poner un negocio de algo. Además lo que dices es cierto, ya estoy grandecita, ya tengo doce años.
Ahora tengo que alistarme porque ya casi llega el señor. Mamá me ha maquillado como siempre y me ha escogido la ropa. “Te ves hermosa, hija”, me dice. Yo la miro a los ojos y le digo que la quiero mucho, que quiero comprarle una casa grande donde vivamos las dos. Ella me mira y dice que tendremos mucho más que eso, que hay que tener paciencia. Me ajusta la ropa y me entrega los condones. “Ya sabes, amor, se los entregas al señor apenas entre”. Al escuchar la palabra señor siento escalofríos. Empiezo a temblar y mamá dice que esté tranquila. Trato de no llorar, pero es inevitable. Entonces la abrazo fuertemente y ella me da palmaditas en la espalda… “Ya mi niña… ya… Hazlo por mamá”. Sentir su amor me tranquiliza, quisiera estar abrazada con ella siempre. Sé que no tengo que llorar, que a mamá no le gusta. Eso la hace sentir mal. Por eso me seco las lágrimas y le digo que ya estoy bien. Entonces camino hacia el cuarto y mamá enciende la tele, acomoda las sábanas y enciende el ventilador. “Ya casi llega, amor, pórtate bien”, me dice desde la puerta. La veo alejarse y el temor vuelve otra vez. Siento como si mamá se fuera para siempre y me dejara sola en un cuarto lleno de monstruos, indefensa. “Te quiero mami”, le grito desde la cama. Pero no me escucha, tal vez lo dije muy pasito.
Cuento finalista en el Concurso Nacional de Cuento La Cueva (2016).
NENITA
De golpe, le pareció inaceptable. Se enfadó. Mandó al carajo a Claudia, su vecina. Le dijo que la respetara, que ella no era de esas mujeres. Entró otra vez al cuarto y cogió al nene que se había puesto a llorar nuevamente. Le hizo una caricia y le dio un beso, pero el nene no se calmaba, lloraba con más fuerza. No sabía qué hacer. Se agarró la cabeza y empezó a llorar. Sabía que ahora estaba más sola que nunca, que Ricardo no volvería, que ya habían pasado tres meses desde que la había dejado en esa pensión con el nene en una ciudad que no conocía. Recordar eso la hacía llorar con más fuerza, porque tenía miedo, porque era una nenita frágil, porque Ricardo era todo lo que tenía. El nene seguía llorando y la desesperaba aún más. Pensó en Claudia. Se calmó un poco. Miró al nene y volvió a pensar en Claudia. Se lavó la cara, caminó por el cuarto. Tenía miedo. Nunca lo había hecho. Se miró al espejo y sintió otra vez miedo. Pero sabía que las cosas estaban difíciles con la comida y el alquiler del cuarto. No había terminado ni siquiera el bachillerato y nunca había trabajado. Eso la hacía sentir acorralada. Volvió a pensar en Ricardo. Lo puteó. Deseó no haberlo conocido ese septiembre en que llegó al pueblo y le empezó a enviar cartas a escondidas de su tía y a mandarle regalos con sus amigas. Le encantaba. Verlo con ese uniforme verde la enloquecía. Era la envidia de sus amigas. Eso la hacía sentir importante. Al principio, chocolates, caramelos, ositos de peluche. No podía dormir pensando en él. Se escapaba del colegio para ir a visitarlo a la estación donde lo tenían desde hacía dos meses. Su tía empezó a darse cuenta de todo y la amenazó con echarla de la casa. Pero no le importó porque sentía que todo lo tenía con él. Le había dicho que sería su mujer, la mamá de sus hijos. Eso la lleno de confianza. Descuidó el colegio y ese año lo perdió. Él le había dicho que no se preocupara porque con él lo tendría todo. Ella le creyó. Se acostó con él en la segunda salida y quedó embarazada. No le dijo nada a su tía porque sabía que la echaría de la casa. En cambio, le contó a sus amigas, a las del colegio. Ellas la acompañaron a hacerse la prueba. Le dijeron qué debía tomar para evitar las náuseas, los vómitos. Una le dijo, puedes abortar, pero ella la mandó al carajo porque creyó que tenía envidia de que estuviera esperando un hijo de Ricardo. Fue hasta el comando a darle la noticia. Estaba feliz. Se había puesto linda para él. Empacó la prueba en papel regalo con un moño rosa, su color favorito. Llegó y lo primero que le dijo con voz tímida fue, Estoy embarazada. Miró el piso. Él no hablaba. Ella lo miró y le sonrió, como diciéndole, no pasa nada, estoy feliz. Él le dijo, Bueno. Ella lo besó y le dijo que no estaba arrepentida, que juntos saldrían adelante. Él le dijo otra vez que bueno y que alistara las cosas porque se iban para otra ciudad, en unos días lo iban a trasladar.
Y ahora intenta contener las lágrimas mientras las luces del lugar la golpean de frente y la devuelven esporádicamente a la realidad: el tipo mirándola como un animal en celo. Su mano acariciando su pierna. Subiendo poco a poco mientras dice algo que ella se niega a entender. Mira el techo y se pierde en el movimiento circular de las luces. Siente ganas de llorar, de salir corriendo, de putear al tipo que ya la acaricia por entre la falda. Vuelve a pensar en el nene.
ADIÓS
Pasan uno por uno y dejan un pedazo de lágrima en la cubierta de vidrio que me divide de ellos. Algunos sólo me miran, niegan con la cabeza como en señal de lástima, dicen algo rápidamente y se van. Yo los entiendo. Los otros, los más cercanos, me miran desconcertados, preguntándose el porqué de todo esto. Sus miradas son de terror y al mismo tiempo de resignación. Traen consigo una oración por mi alma, seguros de que Dios, en su infinita grandeza, perdonará esta terrible falla. Luego llega él. Pero ya no siento miedo porque esta vez el vidrio me protege. Llora desconsoladamente mientras los más cercanos consuelan su dolor: “Cómo te extrañaré, hija”, dice. Yo lo miro sin terror, con lástima, segura de que todo esto por fin terminó.
Minicuento ganador del Concurso Departamental de Minicuento Rodrigo Díaz Castañeda (2017)
MIEDO
Son las once en punto. Casi es el momento. El frío que entra por las ventanas del cuarto se hace cada vez más intenso. Ya puedo sentir cómo los pies y las manos se me empiezan a congelar. Es una sensación agradable. Quiero sentir el frío de mi ciudad por última vez, llevarlo conmigo hasta el último minuto. Así lo quería, por eso le dije a Lucho que dejara las ventanas abiertas.
La espalda me está matando. Esta vez el dolor es más agudo que los anteriores, como si se empeñara en desquitarse, en recordarme con furia que todavía falta una hora. Pero ya no importa. No tiene sentido ponerse con lloriqueos a estas alturas y llamar a mamá para que me ponga de medio lado. Ya suficiente tiene con todo esto. Ya todos tienen suficiente. Lo único que quiero es que el tiempo pase rápido, cerrar los ojos para que todos desaparezcan, para que la muerte se encargue de borrar todas las culpas y todos los dolores. Sólo quiero eso.
Esta mañana los primeros rayos del sol confirmaron la llegada del día que tanto había esperado. No llegaron con aires de melancolía, como temía que sucediera, sino con aires de una alegría exigida hacía mucho tiempo. Abrí los ojos y sonreí. Volvía a sonreír. Recuerdo que sonreí de verdad, con mucha sinceridad. No me costaba tanto como ahora. Cuando desperté, mamá estaba sentada junto a mí. Me acariciaba la cabeza con ternura. Su mirada estaba fija. Lo voy a extrañar mucho, mijo, decía a punto de quebrarse. Podía ver en sus ojos ese aire de resignación. Ese dolor acumulado. Verla así me derrumbaba. Sin embargo, me aliviaba la idea de que todo lo hacía por ella, para que no sufriera más por algo que ya no tenía remedio, para que viviera su vejez como se lo merecía. Sabía que en el fondo nunca había compartido esta decisión, que era inútil tratar de pedirle otra cosa. No la culpo. Solo espero que ojalá algún día entienda que esto lo hago por ella, sobre todo por ella.
Lucho y un par de amigos del barrio llegaron hace poco. No quería tanta gente. Así será más fácil.
Mamá no ha parado de llorar. Por momentos cierro los ojos para no verla así. No lo puedo soportar. Le dije a Lucho que me la cuidara, que pasara a visitarla de todos los días. Sé que lo va a hacer como nadie. Mamá también lo quiere como a un hijo. Por eso me voy tranquilo.
Lo que más me duele es que tenga que ver esto. Que tenga que seguir viviendo con esta imagen para siempre. Decía que tenía que ser al contrario: primero ella y luego yo, que esa era la lógica de Dios. Pero no fue así. Pobre mi vieja, si supiera lo mucho que la amo y la falta que me va a hacer. Ojalá nunca me reproche esta decisión.
Lucho se acerca y me muestra en el computador los mensajes de algunos amigos y las fotos que me envían. Él los pasa rápido y se detiene en alguno cuando le hago una señal con los ojos. Son de amigos del trabajo, de la promoción del 98, y de algunos familiares cercanos. Me agarra de la mano con fuerza mientras hace el intento de seguir leyendo.
Me duele tener que dejar a un amigo como él. Al que me ha acompañado desde la niñez. Al que ha estado desde el inicio de esta pesadilla. Durante estos tres años venía casi todas las noches a ver películas, a mirar los partidos del Nacional o a escuchar música mientras me contaba cómo iba todo con su familia. Estuvo cuando todo esto llegó a su punto máximo. Cuando me convertí en un muñeco de trapo: cuando la miseria se presentó de golpe paralizando mis pies, mis brazos, mi boca, mi alma. Por eso me parte el corazón verlo llorar mientras me lee la cartas. Por eso ahora lloro como un niño con él.
Después de que perdí definitivamente la voz y solo pude mover los ojos comprendí que esto no tenía caso. Siempre tuve miedo de que ese momento llegara. Antes al menos podía estirar los pies o voltearme boca abajo para descansar la espalda. Hablábamos con mamá acerca de la posibilidad de pagar un tratamiento en otro país. Lucho había investigado y decía que en Estados Unidos había mejores tratamientos. Acá en Colombia apenas sabían algo de esa enfermedad. Pero esa posibilidad estaba muy lejana. Le dijeron que el tiempo de vida con pacientes con esta enfermedad era muy poco: dos años, máximo. Mintieron. Casi completo tres. Los primeros dos fueron más llevaderos. A pesar de que el dolor en los huesos era insoportable y no me podía estar de pie más de cinco minutos, podía realizar labores básicas como ir al baño, comer y dominar mi cuerpo al dormir. En el tercer año todo empeoró. Perdí la voz y mi cuerpo no respondió más. Los dolores empeoraron. Quedé postrado definitivamente en la cama.
Ahora todos están en frente de mi cama acompañando a mamá con la oración. Mamá tiene un escapulario en las manos. Se lo pasa de un lado a otro. Lucho y los demás los siguen. No quería nada de esto. Lo permití sólo por mamá. No podía irme y dejar a mi vieja con la incertidumbre de mi destino. Era suficiente ya con que aceptara a regañadientes mi decisión. Pero ahora que la veo pasarse el escapulario entre las manos mientras le pide a Dios por mi alma, pienso que hubiera sido mejor no haberlo permitido, porque su imagen hace esto más difícil, porque de pronto hay algo dentro de uno que taladra y taladra, como la culpa, como algo parecido a la vergüenza, al miedo.
Llegó el doctor. Se acerca y me dice que esté tranquilo. Está hablando con mamá y con Lucho. Lucho se acerca para despedirse. Ha sacado una carta de su bolsillo que de fondo tiene una imagen de los dos con la camiseta del Nacional. Me mira a los ojos y empieza a tocarme la cabeza suavemente mientras hace un esfuerzo por no explotar. Sus lágrimas empiezan a caer lentamente sobre la cama y sus manos tiemblan. Buen viaje, mi hermano. No se le olvide que lo quiero mucho… Yo voy a cuidar a su mamá, no se preocupe. Ya nos veremos algún día, me dice con la mirada fija, temblorosa. Me da un beso en la frente y en medio del llanto se levanta. Mis lágrimas empiezan a caer inútiles, escasas, insuficientes... Cuánto me gustaría darle un abrazo y tener al menos las palabras suficientes para decirle que lo quiero mucho. Dos palabras, tan solo dos palabras bastarían.
Ahora mamá me está acomodando por última vez la almohada. Me acomoda los pies y los brazos lentamente como si quisiera prolongar este momento hasta la eternidad, como diciéndome: No te vayas hijo, por favor. Siempre supe que este momento sería el más difícil de todos. Ahora que me abraza fuertemente y me llena de besos con los ojos llenos de lágrimas, comprendo que este instante es más duro de lo que imaginé, que ni el terror de la muerte se compara con esto que estoy sintiendo ahora, que no sólo me voy yo, que también se va conmigo su dolor. La miro alejarse y siento que la vida se va con ella. Un dolor fuerte me aprieta el pecho.
Mi cuerpo está temblando ahora más fuerte. Todos me miran desconsolados. Había dicho que cuando llegara este momento final no los miraría a los ojos para que esto fuera más fácil. Es imposible. Ahora un sentimiento de temor recorre mi cuerpo. Los miro... los miro como si quisiera llevarme de cada uno de ellos una última imagen, como si la felicidad de la muerte se desvaneciera ante la presencia de aquellas personas que están aquí despidiéndome con los ojos llenos de lágrimas, como si el anhelo de la vida se presentara para arruinar este momento perfecto y que tanto había esperado. Comprendo que todo pesa hasta el último minuto, lo comprendo porque el frío de la ciudad me recuerda que estoy más vivo que nunca, porque todos me miran como diciendo qué haces, no te vayas, porque veo a mamá llorar desconsolada mientras Lucho la abraza, porque no soy capaz de mirar a los ojos al doctor que ya está sentado en mi cama con la jeringa en la mano esperando una señal, el momento justo para terminar con esto.
NADIE QUISO
-¡A bailar!- dijo el comandante mientras descargaba el fusil a su costado y con una gran sonrisa empezaba a tocar la tambora.
-Acompáñeme- le ordenó al de al lado.
Éste lo siguió con la gaita.
Pero nadie quiso bailar, ni cantar, ni escuchar.
El comandante dejó de sonreír y los hizo levantar a todos de la canchita de tierra en la que estaban acurrucados uno detrás de otro.
¡Vamos a ver si es que no van a bailar!
-Acompáñenme- gritó al resto de sus camaradas.
Y sonaron los disparos.
YA NADA SERÁ COMO ANTES
Ahora lo único que queda es prepararse para enfrentar el mundo, para salvar ese mínimo de dignidad. Anoche me acosté con la esperanza de que cuando despertara todo iba a volver a la normalidad, que era simplemente un sueño; pero no, ahora que despierto con el sol golpeándome el rostro comprendo que esto es tan real como el dolor que ahora me aprieta las entrañas, como la voz de María llamándome una y otra vez: “Levántate Carlos, ya está servido el desayuno”, y yo, que quisiera dormir todo el día para no tener que salir nunca, apenas hago un mínimo esfuerzo por poner los pies otra vez sobre la tierra, por aceptar lo inevitable. Porque uno no cree que estas cosas le puedan pasar al equipo de uno, a un grande. ¡Tanta historia! ¡Tanta grandeza! Todo se desmoronó anoche en un solo partido.
¿Y ahora con qué cara saldré a la calle? ¿Cómo seguir después de esto?
Ya puedo escuchar cómo en las radios de los vecinos anuncian la noticia como un suceso extraordinario, repitiéndola una y otra vez, hartándome, haciendo esto más difícil. Y María mirándome con lástima mientras alista al niño para el colegio, preguntándose seguramente por qué tanto lío por un partido. Insensible ante todo, como si pensara que ya está, que no es para tanto. Y yo la miro así, tan indiferente y tan radiante, y pienso que quisiera ser como ella. Que ya estoy viejo para andar con estas pelotudeces, que a mis cuarenta y cinco años lo único que me tendría que preocupar son el pago de la casa y el colegio del niño. Entonces levanto la cabeza en un acto de valentía y miro a Carlitos que ya está acabándose sus huevos revueltos. Ya está, pienso. Pero luego miro hacia la calle y en un instante de terror me acuerdo de Lucho, del perro de Lucho. La piel se me eriza. Su imagen viene a mi mente como un monstruo de tres cabezas. Entonces todo vuelve. El dolor se hace más intenso.
Sí, lo más duro va ser salir a la calle y mirarle la cara a Lucho, el del Nacional, que a esta hora debe estar mirando los titulares en las noticias y burlándose de mí, planeando con crueldad lo que me va a decir. Imagino su mirada triunfante y su risita chillona, esa que ya no soporto, esa que hacía últimamente cada vez que el equipo caía derrotado y se hundía más hacia la B. Ya lo puedo ver parado en la tienda, esperando verme pasar para repetirme una y otra vez que “ahora sí… que ahora sí se fueron…” ¡Eso es lo peor de todo! Porque uno lo del equipo tal vez lo llegue a superar, ya es muy difícil dejar de amar lo que ha dado tantas alegrías, ¡pero aguantarse las burlas de otro! ¡Eso sí que no!
No entiendo a qué horas las cosas se pusieron tan feas. A qué horas empecé a perder tantas apuestas con los del barrio, sobre todo con Lucho; a quedarme sin argumentos para justificar las derrotas del equipo “Que un mal momento lo tiene cualquiera;” “Que era por el técnico y los malos refuerzos”. Poco a poco me fui quedando sin palabras, por eso evitaba salir a la calle para no encontrármelo. Cuando salía para el trabajo daba toda la vuelta por el montallantas de don Jaime, para evitar la tienda de doña Gloria que era donde nos reuníamos con otros del barrio a apostar los marcadores y a ver los clásicos los domingos.
Por eso, lo más difícil va ser levantar la cabeza y aceptar con resignación cada vez que Lucho me recuerde esta vergüenza. Porque sí, aunque me cueste aceptarlo, ¡es una vergüenza!; o salir a la calle y evitar escuchar los comentarios de la gente en los restaurantes, en los buses, en el colegio, en todos lados; los titulares de prensa, las noticias del medio día, la internet, todo. Siempre va haber algo que se lo recuerde a uno. Así es muy difícil seguir siendo el mismo.
Ahora que tengo que salir para el trabajo pienso en lo difícil que será cruzar esa puerta y tratar de actuar como si no hubiera pasado nada. Imaginar un mundo normal. Me bebo el último sorbo de café y tomo impulso. Observó a María dándole besos a Carlitos mientras le acomoda la camisa, los dos sonríen y juegan. Entonces pienso que no es para tanto, que tengo que madurar, que simplemente es un equipo y ya. Que lo importante es que tengo una hermosa familia, el resto no importa. Me levanto de la silla y le hago una mueca a Carlitos quien me responde con una enorme sonrisa. María me mira y también sonríe. ¿Salimos?, me dice. Yo sonrío y le señalo la puerta.
Me ajusto los zapatos con fuerza y abro la puerta. Respiro profundo y contemplo la inmensidad de la calle (ahora es más grande que nunca): En la esquina, la tienda de doña Gloría con los primeros clientes; al frente, la venta de naranjas de doña Carmen; los del colegio pasando en sus bicicletas, unos sonriendo a carcajadas, otros caminando despacio; el sol pegándome en el rostro como si quisiera que todos me vieran con los ojos hinchados de tanto llorar; María sacando el niño, sonriente. Un frío recorre de pronto mi cuerpo. María pregunta “¿Pasa algo?”. “No amor”, respondo.
Salimos y María se despide con el niño. Ahora soy yo contra el planeta. Salgo hasta la esquina para esperar el colectivo y pienso que después de todo no va a ser tan difícil. Me subo y el conductor tiene el radio a todo volumen. Me pongo los auriculares. Miro por la ventana y sonrío. Ya nada me podrá perturbar, pienso. Pero de pronto, como un espanto salido de la nada, como la sentencia de un destino inevitable, veo a Lucho subiéndose al bus con la camiseta del Nacional puesta, sonriente, seguro de sí mismo. Me observa, me observa y sonríe. “Esto va a ser lo más difícil”. Pienso.
PELUSITA
Yo sé que ahora él está pensando que soy una maldita, que soy una mujer mala, muy mala. Sí… él está pensando eso porque me observa desde lejos, está allá arriba subido en la repisa de los libros, tiene miedo de mí. Solo sube a la repisa cuando siente miedo.
No temas, no es contigo… Esto no es contigo. Baja y acaricia a mamá. No me mires así, cariño.
Pero él sigue allá quieto, sólo me observa y mueve la cabeza de vez en cuando. Cree que yo le haré daño ¡Qué yo le haré daño! Debería saber que jamás sería capaz de una cosa de esas, debería saberlo a estas alturas. Debe ser que sólo esté asustado, que es cuestión de esperar a que se le pasen los nervios.
Yo he escuchado que los gatos todo el tiempo sienten miedo, sobre todo cuando escuchan tanto ruido ¿Y si no es eso? ¿Y si de verdad me tiene miedo? No, ¡eso no! Mi Pelusa no puede tenerme miedo. Porque yo soy tu mami, ¿cierto, Pelusita? ¿Quién es el consentido de mamá?
Ven… ven cariño, no dejes sola a mamá en este momento, por favor, no me dejes sola… Ya es de noche… ¡No!
Debe ser que el desgraciado ese le hace dar miedo ¡A quién no le da miedo! Menos mal yo estoy en esta esquina junto al televisor. Lejos. Aquí nadie me verá. Él ya no podrá hacerme daño ¿Cierto, Pelusita? Ya nadie nos hará daño. Yo no me pienso parar de esta esquina. En cualquier momento se puede levantar y… no, mejor me quedo acá… yo no quiero que me haga otra vez daño.
Uno, dos, tres… ¿Cuántos años tienes ya Pelusita? Cuatro, cinco… ¿Te acuerdas, cariño? Yo no lo recuerdo. Eras tan pequeñito, tan suavecito. A él no le agradabas, decía que botabas mucho pelo, pero a mí no me importaba porque quería tener un gatico para que me acompañara cuando él llegara… ¡Cuando ese maldito llegara! ¿Te acuerdas, cariño? Tú te asustabas y te subías en la repisa. No bajabas sino hasta cuando él se quedaba dormido para consolarme con tus ronroneos. También lo hice por ti, cariño. Por eso te pido que me entiendas ¡Deja de mirarme así! Como si yo tuviera la culpa… Me miras como echándome toda el agua sucia de esto.
Mira Pelusa, la gente está asomándose por las ventanas y golpeando a la puerta ¿Te das cuenta? ¡Ellos también creen que esto fue culpa mía! ¿Lo puedes creer? ¡Ya para qué! Que se larguen, ya no tienen nada que hacer ¿Qué dices, cariño? ¿Me estás diciendo algo? Habla, cariño. Habla con mamá. Ven, ven hasta aquí. Yo no puedo ir porque ya te dije que en cualquier momento se levanta y… Pero tú puedes venir, cariño. Salta hasta acá. A ti no te atrapará tan fácil. Ven que ese maldito ya no se puede mover.
Yo no quise llegar a esto, cariño, no quise. Pero uno no es de palo, ¿me entiendes? Si tan solo él hubiera cumplido lo que prometió la vez que le dije que lo iba a dejar para siempre… ¿Te acuerdas que fue hasta la casa de mi mamá a buscarme con serenata y flores? Y yo de verdad creí que iba a cambiar. Las mujeres somos así, Pelusita, ingenuas. Caemos una y otra vez. Y ahora mírame… ¡Pero ven! ¿Lo ves? ¿Ves mi ojo derecho? Es un color oscurito… así es el color Pelusita. Primero se hincha, se pone como un huevo. Luego, se vuelve más oscuro, como está ahora. El izquierdo ya está más clarito. La carne fría ayuda. Y mira, Pelusita, ya no puedo sonreír. Me da vergüenza ja, ja, ja, ¿Ves lo ridícula que me veo? ¿Lo ves desde allá? Mira, este de aquí fue la semana pasada, cuando llegó borracho pidiendo dizque caldo de pollo. Este otro de aquí fue ahorita, tú lo viste, contra la puerta ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! Y cayó.
Vez por qué lo hice cariño… Por fin fui capaz de hacerlo. No fue tan difícil agarrar el cuchillo… las personas borrachas son muy vulnerables, eso debí saberlo hace mucho. Pero tenía miedo, Pelusita, mucho miedo.
Eso es, ven. Así. Despacio. Salta. Ten cuidado que no te alcance, de pronto se despierta y… Muy bien. Qué suavecito estás. Acompáñame mientras me voy. Porque, sabes, es mejor irme. Ya no quiero estar más aquí… en este mundo. Esta casa me da miedo, Pelusita, mucho miedo. Es oscura y me parece que está llena de monstruos… Le tengo miedo a la gente. Y a la policía. A esa que está en este momento afuera de la casa esperando… Por eso me voy cariño…
¡Vámonos! ¡No tengas miedo! ¡Acompáñame!
LA FARSA
Lo peor de vivir es tener que fingir que se vive. Levantarse todos los días obedeciendo a un despertador que ya está cansado de sonar, que seguramente siente lástima cada vez que uno se levanta de la cama con los ojos pequeños y el cuerpo muerto por todos lados. Y luego entrar a la ducha y dar brincos y hacer gestos para amortiguar el frío que le congela a uno las pelotas y que lo despierta a la fuerza, como una especie de tortura lenta… Y después intentar preparar un desayuno (si alcanza el tiempo) que tendré que comer con el gusto cerrado, soplando rápido para no volver a quemarme la lengua como la otra vez. Y abrir, cerrar, y volver a cerrar otra vez la puerta, por si las moscas, para luego caminar todavía medio dormido a tomar un bus repleto de gente que se tambalea en las barandas para no caerse del sueño, y que se miran unos a otros con desconfianza, con un miedo arraigado, feroz, de esos que dan más miedo, que se multiplican en otros y otros y que lo invaden todo: a uno, sobre todo.
Y al final, sin siquiera percatarnos de que estamos vivos, comprendemos que el día se acabó y que el despertador ya se prepara para anunciar el inicio de otro.
LA CUERDA
— Estoy aburrido, cansado—, sollozó el niño.
— Ya sé qué hacer para eso—, le respondió alguien.
— ¿Qué?
— Juguemos a la cuerda.
— Sí, hace mucho quiero jugar a la cuerda.
—Juguemos, es fácil. Amárrala bien fuerte.
— ¿Así?
— Sí, pero más alta.
— ¿Así?
— Sí, ahora salta.
—Está bien.